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Carta de desamor por Fernando Gracia Ortuño

Publicado en 25 abril, 2013, por en CARTAS DE DESAMOR.

El mal endógeno.

La primera noticia de que el fin no sólo ha comenzado sino que está acabando ya, la recibes con un \”se acabó\”. Luego un cínico \”es lo que hay\”. Pero no es un se acabó ficticio, fruto de algún mal momento en la relación, de un despecho banal, un enfado o la no satisfacción de un capricho. Ni siquiera son los celos. No. Es un se acabó real y crudo como la vida misma. Te está indicando que algo nunca fue ni fue bien, que nunca estuvo en el ámbito de lo real lo que creíste amor correspondido. Que vivías sencillamente en una nube, tan etérea y fugaz como una pompa de jabón. Lo que había sido correspondido se descansaba sobre una base cuya materia prima era el barro, como un ídolo de barro, sin fuerza para sostenerse mucho tiempo. Una mentira. A fin de cuentas la vida es una pompa de jabón, una ilusión decorada, y tenemos que irnos alguna vez, o despertar. La ficción de aquél amor que sentimos una vez tan intensamente que hasta creímos morir por él de desesperación cuando desapareció de pronto, rasgando las cortinas rosadas del idilio atemporal, nos devuelve a la realidad de sopetón, como títeres de una violenta sacudida, la única realidad asible de lo caduco y efímero estaba en lo que ahora comenzaba a ser un pasado, producto de la vanidad de un pensamiento muy arraigado y cómodo, a remolque siempre del sentimiento, ése dulce mal… En el amor no había vanidad, te la creías como en una continuidad sustancial, segura y eterna. No se puede deshacer aquello que nos daba la vida y nos nutría, pero al mismo tiempo nos vendaba los ojos. Así Amor, la naturaleza que nos amamanta, es la ubre, el pecho eterno de esa especie de opio aniquilador de nuestra propia esencia, de eso que somos realmente, de lo que siempre andamos arredrados. Todos esos sufrimientos y gritos desesperados de desamor que nos cegaron entonces, ahora que ha pasado tanto tiempo, no significan sino la confirmación de nuestro nuevo nacimiento a la libertad de uno mismo. Pero entonces aquella dulzura tan atractiva nos recordaba el paraíso, como un bálsamo vital, intuitivamente… Y así éramos llevados por ella por los campos de la vida y la esperanza hacia nuestro no destino del sueño y la nada.

Fernando Gracia Ortuño

 

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